PACO

No es una pasión tardía.

El vicio que, desde la infancia, me impulsaba a devorar libros pronto devino en el deseo de emular a sus autores. Pero tras los poemas de juventud sólo tuve la valentía de afrontar breves relatos, cuentos de lectura tremendamente rápida.

Quizá fue la percepción de una incapacidad para abordar proyectos a largo plazo, tal vez la ausencia de una historia digna de ser contada, o puede que simplemente mi propia pereza.

Y cuando ya crees que el sueño se desvanecerá en el olvido, allí donde residen los deseos incumplidos, pasados los cuarenta, surge la historia y la necesidad de despertar una pasión latente. Algo ocurrido se transformó en una idea desde la que construí una ficción. Así nació “Caramelito”.

Creía que era una aventura aislada, una demostración a mi ego con punto final. Sorprendentemente, cuando mi mente aún no se había liberado de una vida imaginada ya estaba gestando la invención de otra realidad: “El destino en la memoria”.

Los elogios, siempre vertidos por personas cercanas, me empujaron a las pretensiones. Las pretensiones, inesperadamente, se han traducido en la obtención de un premio literario. Ser primer finalista es un gran premio para el que nunca ha recibido ni esperado tal consideración.

Tras el reconocimiento del “Destino en la memoria” he pensado en la ingenuidad de “Caramelito”, en los errores de la primera ilusión. Así, con la certeza de que, pasado este tiempo, lo escribiría de otra forma, he decidido escribirlo de otra forma y además, he aquí el sentido del blog, compartirlo en este medio aunque sea a “pedacitos” semanales.

sábado, 19 de mayo de 2012

49


Hola, he estado esperando tu llamada. Me pregunto si me vas a escribir, vamos a hablar o ambas cosas tal y como me dijiste el viernes. Dime algo, por favor.

No tardó nada en contestarle por el mismo sistema, obligada por la premura de Pablo y segura de lo que tenía que decir. Así, le informó que ya mismo le escribía un correo. Media hora fue un tiempo más que prudencial, con sus treinta minutos de ansiedad, para abrirlo.

Hola, ¿Cómo estás? Yo fenomenal, no sabes las ganas de fiesta que tenía y este finde me lo he pasado estupendamente en mi pueblo.
   Me gustó mucho verte en el colegio, me di cuenta de que te he cogido cariño.
   Yo tampoco lo pasé bien, no creas. No pensé que tomarás tan mal lo del sábado. Además da rabia que las cosas buenas se acaben. Sabías que era cuestión de acostarnos una o dos veces, y, sin embargo, hemos vivido una experiencia guay, de las mejores que he vivido nunca. Pero es una experiencia más, porque eso es lo mejor de la vida, que entre y salga gente de ella. Y eso es algo a lo que no pienso renunciar. Al menos has disfrutado estas tres semanas.
   Ahora debes hacerte a la idea, acostumbrarte a dormir otra vez solo. Pasa página.
   No te hagas el mártir, no eres el único al que han dejado: en Nochevieja conocí a un chico y me enrollé con él, nos vimos durante dos semanas y, entonces, me encapriché de él. Un día, decidió pasar de mí y lo hizo a través de un mensaje en el móvil: “Que te vaya bien la vida”, y ya está, ni siquiera tuve, como tú, la oportunidad de escribirle en el correo.
   Así que pasa página porque no eres el único al que dejan. Esto es así.
   No te he llamado porque ya estaba todo claro, no tiene sentido que tú y yo hablemos más. Si acaso, cuando pase un tiempo, podemos quedar para tomar un café y nos contamos cosillas.
Besos
Lucía.

martes, 8 de mayo de 2012

48

Fue el único mensaje que envió, con intención disuasoria pero inconscientemente autocompasiva, en situación serena no habría mandado un escrito tan catastrofista por el efecto rebote que  no supo anticipar, y menos a Toni. Así, poco después, llamó a su puerta, subió a su casa y le dejó clara su obligación de salir, una disposición innegociable: - No seas capullo y espabílate, hay un mundo que te espera ahí fuera, lo necesitas y te necesita-. Lejos de convencerlo con un argumento tan pueril, Pablo inventó excusas y malestares varios que no le sirvieron de nada, se dio cuenta cuando cogiéndolo del brazo lo sacaba de casa a regañadientes, se entregaba a un mundo nocturno de una prometedora  densidad etílica tan obstaculizante como ventajosa.
   Craso error. Pronto se dio cuenta de lo que ya sabía, que no necesitaba nada de ese mundo ni el mundo necesitaba nada de él. Volvía a estar en otra dimensión, pero no como el día que Caramelito lo esperaba en su casa. Era una realidad que no le correspondía porque no tenían nada que aportarse entre sí. Veía a sus amigos desde una distancia abismal, como habitantes de la noche provenientes de un país lejano cuyo idioma no entendía. El análisis de lo que le rodeaba era peor, en aquel bar, como en todos los demás, ella estaba en todas partes. Cualquier chica joven era ella. Cualquier chaval joven, guaperas, fibroso, podía ser su amante (una palabra muy mal empleada para Pablo teniendo en cuenta el sustantivo del que deriva). En todas las situaciones podía verla como la protagonista. En un mundo sin ella todo era ella.
     En un descuido de sus acompañantes y perdiéndose en la multitud del local alcanzó la calle y enfiló hacia su casa. Simplemente huía de un mundo que le agobiaba, incompatible con su circunstancia. Tal vez demasiado compatible con la circunstancia de Caramelito.
    Al llegar se lanzó al ordenador sabiendo que en verdad quería comprobar como cierta la descorazonadora intuición de que no encontraría lo que buscaba. Y esa intuición persistió durante el domingo en cada una de sus búsquedas junto a la impotencia de no poder saber la razón de su silencio. “La clave está en el lunes” dedujo, “ cuando me llame el lunes me dirá lo lógico, que puesto que vamos a hablar cara a cara, no hacía falta escribirme nada. Sí, es eso”.
   No tenía claro si debía sentirse culpable o víctima de sus propias contradicciones. Por una parte pensaba que la normalidad llegaría con el olvido y con ella acabaría la angustia. Paradójicamente también tenía la percepción de que esa angustia era lo único que le seguía dando sentido a su vida, porque sentía el peligro de perder la imagen que aún podía configurar en su ausencia, el temor a que sus palabras se diluyeran en ese olvido. Los sueños hay que alimentarlos para que sigan vivos, sin embargo, él no veía el terrible despropósito de no matar de hambre lo que ya era una pesadilla. Otra contradicción fue pasar de la resistencia a saber de ella a la necesidad de saberlo todo. Era la resistencia un escudo para salvaguardar su ignorancia ante situaciones que lo llevaran a ideas indeseables, como convertirlo en un ente insignificante, una más de las fases de la búsqueda experimental. La necesidad era la fórmula para poder pensar que no se equivocó al creer en ella, en la Lucía que existió entre el Caramelito que llegó y el que se fue, con una sensibilidad diferente a la que demuestra o se empeña en demostrar, por ejemplo, ante amigas como Elisa. Una sensibilidad que le diera sentido a lo que estaba sufriendo.
   Nada de todo ello pudo conseguirlo el lunes porque no llamó, y tampoco el martes. En la madrugada del martes al miércoles, con la certeza de que no llamaría, faltando nuevamente a su palabra y con la duda de si era consciente del incumplimiento de su palabra le envío un mensaje por móvil. Era un derecho irreprochable, más aún cuando ella insistió tanto en sus intentos de comunicación el domingo posterior a su primer abandono. Eso, constituía un antecedente para actuar de la misma manera.

jueves, 19 de abril de 2012

47

Antes de pasar por su casa se detuvo en dos bares indeterminados, fueron dos cervezas tranquilizadoras. La tensión que necesitaba apaciguar no era de las que causan preocupación. Había bloqueado las enigmáticas palabras de su amiga, tampoco tuvo en cuenta la fugaz ofensa por el tema de las fotos. Era una tensión causada por una situación que estaba por venir. Una simple conversación, nada más, pero le daría la certeza de que él fue diferente y ella sintió algo especial. En el trámite para pedir otra cerveza recibió el SMS en el móvil:

Acabo de leer tu e-mail, estoy en el tren camino de mi casa, cuando llegue te contesto y la semana que viene hablamos.

La espera desesperada suele ser infructuosa.
   Pablo pensó en las leyes de Murphy, una de ellas podría ser que basta que esperes la llamada de alguien con fruición para que nuca llegue. No contestó el viernes. Entre una alternancia mecánica de cerveza y tabaco buscaba en el correo electrónico con una asiduidad que aumentaba al ritmo que lo hacía su frecuencia cardiaca. Nunca estuvo su contestación. Esa noche y el día siguiente, más que de tener una vida se trataba de tener una respuesta y, ante su ausencia, de luchar por una supervivencia psicológica  que conseguía por esa cierta inconsciencia cerebral que le permitía el alcohol. El sábado por la noche prescindió de responder a mensajes y llamadas de los amigos que aún tenía y en los que no pensaba, amigos que, con la mejor voluntad y desde el desconocimiento lo  querían sacar de su reclusión voluntaria, física y mental.

No voy a salir, no soy buena compañía ni para mí mismo, casi mejor me quedo en casa.

jueves, 5 de abril de 2012

46

Por la tarde acudió Caramelito al colegio.
   Ella se manifestaba normalmente según su criterio favorito: la propia voluntad. Pablo pensó que esa era su respuesta en correspondencia a los sentimientos electrónicamente enviados. Aquella había sido la semana cultural del colegio, y aquella tarde se decidió que fuera jornada de puertas abiertas para que los papás y mamás vieran las exposiciones de pintura, literarias y de diversos trabajos manuales realizados por sus hijos a más de las canciones que los diferentes grupos habían preparado con ayuda de la profesora de música y así deleitar a una concurrencia babeante con la desafinación y las torpes pero graciosas coreografías ( tal y como lo veía Pablo en una fase en que todo le resbalaba).
   Apareció triunfal, desenvuelta, exhibiendo su amplia sonrisa bajo las gafas de sol. Talante festivo para un día de fiesta. Llegó acompañada de Elisa, su compañera en el tiempo de prácticas reconvertida en amiga. No se sintió mal al verla, fue al colegio después de haberle pedido que no lo hiciera y recibir la seguridad de que no lo haría, contundente para quitarle esa preocupación. Sonrío al pensar, sin estupefacción, que podía haberlo intuido, siempre hacía lo que quería sin reparar en esa compleja relación que tenían sus palabras y sus actos con la verdad. Recuperó, extrañamente, cierto ánimo e ilusión ante su presencia, su radiante presencia. Recordó y se lamentó: “No hay nada más bello que lo que nunca he tenido”. Se esforzó en ver a la niña que debería ser, pero no lo era. Era mucho más.
   Avanzaba hacia el grupo de profesores y alumnos entre los que se encontraba en el patio, junto a la entrada del edificio central, y  la casualidad o vete tú a saber qué, quiso que en ese mismo instante el tuviera que adentrarse para recoger un altavoz por orden del director, lo hizo antes de que llegara hasta él, con el temor inicial de dar la impresión de que se escondía pero luego no sólo le dio igual sino que le agradó. De hecho, con la falta de reflexión con la que decidía todas las cosas últimamente, decidió salir del centro. Era necesario huir de esa acusada presión que el colegio, el ambiente y la situación estaban ejerciendo en su ánimo.  De paso, estaría bien que lo esperara, que preguntara por él, incluso que se preocupara. Tampoco tenía que serle tan fácil. Estuvo deambulando por las calles cercanas el tiempo de tres cigarros, intentando respirar, descongestionarse de la caraja mental que llevaba hasta que consideró oportuno volver. ¡A ver qué pasa!
   Lo que pasó fue que al regresar y ponerse a hablar con unos alumnos fue cuando ella decidió ir a su encuentro, y supo que no había notado su ausencia, atareada como estuvo saludando profesoras y niños. La vio dirigirse hacia él con la misma claridad de objetivos y resolución con que lo hizo cuatro viernes atrás, para decirle que quería hablar, para instarle a tomar una copa, para proponerle pegar un polvo. Se plantó ante su figura con el donaire de aquel día. Una mujer feliz y un hombre derrotado por sus pasiones.
   - ¿Cómo estás?
   No quiso contestarle con el “bien” acostumbrado que nunca quiere decir nada y en este caso era una mentira que no estaba dispuesto a que escuchara tranquila.
   - ¿Cómo voy a estar? Estoy mal, muy mal.
- Pero ¿Te alegras de verme?
   Ese era el mundo de Caramelito que Pablo no quería ver. Acababa de abandonarlo después de tres semanas imponiéndose en su casa, en su vida, en su alma, consecuencia de lo cual le estaba confesando un estado de ánimo crítico y le preguntaba si se alegraba de verla, buscando, a lo mejor, el reconocimiento de la alegría que deseaba  provocar en los demás con su comparecencia.
   - Yo siempre me alegraré de verte- contestó con la seguridad de que era cierto, generando en el rostro de ella el diseño de una evidente expresión de complacencia. Y aprovechó la “satisfacción” compartida para redimirse de su sobreactuación del sábado.
   - Siento mi reacción del sábado, fue un bombardeo de intensas emociones, ni las deseaba ni las esperaba. Perdí el norte y me siento decepcionado conmigo mismo. No fui yo el que te habló.
   - No me gusta que pienses eso que dijiste de mí- aprovechó ella cambiando a un semblante serio.
    Pablo tampoco quería pensar “eso” de ella, ni lo que eructó cuando lo dejó, que es a lo que se refería, ni todo lo que pensó después.
   - ¿No has leído mi correo?
- No, es que hace días que no lo miro.
   Lo dijo dirigiendo su mirada al suelo y creando una sensación ineludible de la existencia de algo oculto en la negación.
   - Bueno, pues en mi mensaje intento disculparme como he hecho ahora, y también dejo claro que hay cosas que necesito entender. Debemos hablar.
    - Vale, pues hablemos ahora.
   Durante el diálogo varios padres, compañeros y antiguos alumnos se habían acercado a saludarlo haciendo imposible una conversación continua. No entendía que quisiera hablar en esas condiciones con la profundidad que requería la causa en ese instante.
   - Ahora no podemos hablar, ¿no lo ves? 
   - Pues yo me voy esta tarde a mi pueblo, si quieres cuando terminéis… tengo unos minutos.
   La frustración asomó de nuevo en el horizonte de la mente de Pablo, no por una lucha ya perdida, sino por conseguir el esclarecimiento sincero de una derrota. Tanto que decir, tanto que saber, tanto que arreglar…y le concedía unos minutos.
   - Hemos quedado los compañeros para tomar algo cuando terminemos ¿Por qué no me llamas cuando vuelvas de tu casa y hablamos tranquilamente?
  - Vale, de acuerdo, el lunes te llamo cuando regrese, te pego un toque y hablamos.
   Emplazada la conversación, necesaria, a cuando convinieran en la llamada de ella y siendo interrumpidos con regularidad pertinaz, pasaron a tratar temas inocuos. Entonces Caramelito hizo una pregunta insustancial que le remontó hasta un caramelito para el que nada había cambiado: - ¿Qué vas a hacer este fin de semana? Cuestión vana y recurrente pero que le situó tiempo atrás, cuando se conocieron antes de “conocerse”: ¿Qué has hecho este fin de semana? La misma entonación, la misma gestualidad, posiblemente una fórmula de estrategia conversacional. Estaban en el mismo punto geográfico y, sobre todo, en el mismo punto de implicación personal, pero sin perspectiva de revivir lo vivido. La misma forma de mostrar ese dudoso interés por su tiempo libre antes de iniciar “la historia” entre ambos que después de terminar “la historia”. De alguna manera intuyó que, tras el paréntesis de vida en común, la vida para ella era lo mismo.
   Se disculpó por tener que dejarla en ese momento, debía realizar las tareas propias de su profesión en un día “cultural” como aquel, ella quería buscar a su amiga Elisa que “a saber por donde andará”. Fue él quien la encontró cuando subía a su clase y ella bajaba por las escaleras. La saludó muy afable sin la intención de detenerse pero la chica lo detuvo cogiéndolo del brazo.
   - Pablo…ten cuidado.
   Una recomendación inesperada que sólo le llevaba a un motivo. Sabía que, por esa tendencia de Caramelito a hacer públicas sus intimidades, la compañera estaba al tanto de todo.
   - ¿Te refieres a Lucía? Bueno, supongo que ya sabes que la historia ha acabado. Ya no hay cuidado que tener- le dijo sin querer preguntarle a qué se refería.
   - Ya, es lo mejor…y que te olvides. Verás, es mi amiga y aunque la conozco poco, bueno…hay una parte de ella que…mira, sé que eres un buen tío y tenía que decírtelo. No te ralles y sigue con tu vida.
   La repetición de un consejo que ya le diera la supuesta fuente del “peligro”,”no te ralles”,  le desconcertó sobremanera, pero no quería saber nada por parte de otra persona que no le contara Caramelito, pues se había comprometido a hablar con él y de ella obtendría la información que necesitaba.
   - Vale, pues gracias, pero no te preocupes, está todo controlado.
   Siguió su camino con la seguridad de haber mentido, jamás había tenido menos control sobre sí mismo, con la impresión de que cualquier advertencia sobre el riesgo de estar con Caramelito llegaba tarde, con la incertidumbre de lo que Elisa, fuera lo que fuera que sabía no sabía como decirlo, con el convencimiento autoinducido de que esa niña, que sólo la conocía desde hacía un mes, poco podía aportarle sobre la naturaleza de Lucía.
   Más tarde las vio a las dos en el patio de los niños de infantil, Caramelito estaba haciéndole fotos con una cámara digital a su “amiga” mientras jugaba con unos niños en los columpios. Fue entonces cuando extrajo de su memoria una improvisada sesión de fotos en su casa. Aquel día, sacó su cámara con la excusa de un capricho, en realidad por la necesidad de captar su imagen. Primeros planos inmortales de su esencia. Dicen que  los indios americanos pensaban que las fotografías capturaban el alma de los retratados, Pablo quería acercarse lo más posible a quedarse con su alma aunque fuera en memoria impresa. Ella sabía perfectamente como enamorar al objetivo, como mirarlo, como sonreírle y obtuvo copias preciosas de la mejor imagen de, entonces, Lucía. Le pidió que se las mandara por Internet a su dirección, demostró mucho interés por tener esas fotos. Estaba tan ilusionado por su adquisición que no cayó en la cuenta de que junto al deseo que expresaba no estaba el de hacerle una foto a él para que se la enviara junto a las suyas. Hubiera sido tan fácil. Allí pensó por primera vez que no tuvo la ilusión de obtener, cuanto menos, su recuerdo, allí donde veía los criterios por los que Caramelito consideraba una situación digna de ser fotografiada. En un principio se sintió mal, le afectó que el criterio de pasar veintiún días apasionados con alguien a quien le has dado todo no fuera considerado como importante para recordarlo, aunque fuera en una sola imagen.
   Luego, recapacitó y se vio a si mismo como un paranoico. Simplemente no se le ocurrió. Tantas cosas no se le habían ocurrido a él sin apreciar que podía constituir un desprecio. No podía apreciar un desprecio en aquella tontería.
   Y llegó el momento de la despedida, como prometió fue a su encuentro antes de irse y le dio dos besos. Dos besos que Pablo percibió como un excedente de Caramelito que se le regalaba. Y comprendió que ya no podía aspirar a más.

jueves, 22 de marzo de 2012

45

Consiguió verter su aflicción y sus dudas.
Sin asunto, sin encabezamiento, sin despedida. Sólo sentimiento.
Lo escribió el jueves a las siete de la mañana, ayudado por el insomnio y las ganas de sacar de dentro lo que pensaba que ella absorbería con empatía. La que estaba seguro que merecía.

La mañana del viernes tuvo un encuentro desconcertante.
   Estaba vigilando el patio a la hora del recreo, aislado de sus compañeros, y se topó con Rasha. La niña, también aislada del resto se automarginaba por no imponer la presencia de su “hecho diferencial”, tal vez, para no escuchar comentarios impertinentes. Pablo se automarginaba, tal vez, por no escuchar palabras intrascendentes. En su ensimismamiento se desarrollaba, entre otras cosas trascendentes, la cuestión vital de que Caramelito no le había contestado. Ella siempre estaba pendiente del correo y contestaba con celeridad. Esta vez, no.
   - ¿Qué haces Rasha?- le preguntó mecánicamente.
   - Nada, paseo y pienso- contestó con cierta sonrisa.
   - Así que piensas, ¿y en qué piensas?
   - Bueno, pues ahora mismo pienso en que estás triste.
   Pablo reparó en la profundidad de su mirada y se sintió como pillado en fuera de juego, como si ella tuviera una capacidad especial para entrar no en sus pensamientos pero sí en la calidad de su contenido.
   - ¿Por qué piensas que estoy triste? Lo que pasa es que no me encuentro muy bien.
- Pero también estás triste.
La ternura increíblemente fusionada con la seguridad de su expresión le inquietó.
- Vale, no se puede decir que esté contento- confesó intuyendo que era inútil mentir-. Tampoco parece que tú  estés contenta. ¿Estás triste, Rasha?
- No, no lo estoy. Estoy contenta y feliz.
   Su respuesta iba mucho más allá de lo que Pablo esperaba recibir dadas las apariencias. Aún a riesgo de adentrarse en un terreno farragoso quiso saber.
   - ¿Y el futuro? ¿Te ves contenta y feliz en el futuro?
Entonces le ofreció toda una doctrina de vida inesperada.
   - Soy y seré feliz porque he aceptado mi destino.
   Una niña de once años le había dado una lección de cómo afrontar el futuro basándose en sus convicciones.  Él no se veía capaz de reencontrarse con su destino. No tenía convicciones que le ayudaran a asumirlo.
   Su destino inmediato era volver a buscar ese mediodía una contestación que había estado buscando desde el día anterior con frecuencia ineficaz. Aún no sabía que el futuro inmediato le deparaba una sorpresa.

sábado, 10 de marzo de 2012

44

Hola, lo primero y más importante es pedirte perdón por la forma en que me comporté el sábado. Se desmoronó una historia en la que no creí al principio pero cobró una naturaleza ensoñadora. Una situación estresante dirían los psicólogos, un golpe brutal tal y como lo percibí yo.  Siento haberte hecho el blanco de mi frustración.  Me sentí frustrado por no haber sabido o podido evitarlo a tiempo, por creer que tenía un margen de maniobra que no supe gestionar. Es jodido acabar con una relación que se ha ido degradando con el tiempo, pero cuando todo es genial  (yo sí creo que tenía una relación contigo porque así lo vivíamos y así lo manifestabas), es mucho peor. Sobre todo por la impotencia de la incomprensión.
   Quise evitarlo, sí, al principio intenté poner una barrera a los sentimientos, pero ya tenía dentro de mí tu imagen. No sé si sabes de lo que se trata pero es lo que me hizo vulnerable. Tal vez habría luchado y habría vencido, pero no me dejaste. Viniste a por mí y te instalaste en mi vida con una intensidad arrolladora.  Y creo comprender lo que pasó y por qué paso, lo que se me escapa es la razón por la que una aventura se convierte en una realidad pasional y se da por terminada, sin solución, recuperando así, en la práctica, su condición de aventura. Y no quiero creer eso, no quiero enfrentarme a la idea de haber vivido una mentira. Una aventura no puede provocar esa actitud de entrega y de exigencia de entrega del otro. ¿Qué sucedió? ¿Qué diferencia viste tan importante y de forma tan intempestiva?
   Echabas de menos más iniciativa por mi parte, pero sabías que me tenías y lo que tenías te llenaba de satisfacción. Lo que ignorabas, o no, era que estaba atrapado en un entramado de sentimientos que no me dejaba discernir.
   Ahora es tiempo de comerse la cabeza porque mi capacidad de entendimiento está en horas bajas. No entiendo por qué querías verme todos los días rayando en una maravillosa obsesión que murió en un brusco frenazo, sin el deseo de seguir adelante, sin ni siquiera la posibilidad de dar marcha atrás. No entiendo que lo dieras todo en una experiencia que has convertido en efímera. No entiendo la facilidad con la que he pasado de ser maravilloso a ser diferente. No entiendo “esa pregunta”, la necesidad de saber si te quiero para obtener una respuesta que no ha servido sino para engrosar el archivo de tu orgullo.
   Perdona, lucho en mi interior por creer que había mucho más en tus preguntas y en tus requerimientos. Sin embargo, no hallo otra cosa que frustración cuando pienso en lo pronto que ha sucedido todo, tres semanas no son suficientes, son una nimiedad para dos personas que quieren estar juntas, reconozco que no he sabido darme a conocer, pero no me has dado tiempo para darme a conocer. Y estoy seguro de que hubiera cambiado tu visión de las cosas, sea lo que sea aquello que te ha alejado de mí.
   Ahora es tiempo de comerme la cabeza, además, porque he recobrado una libertad que no deseo.
   Y no logro hacerme a la idea de que tampoco esta noche sonará tu voz en mi casa.